viernes, 6 de enero de 2012

El dulce placer de leer

Marie Belgorodsky, una francesa de 40 años, recibe en 1994 una carta de un familiar lejano del cual ignoraba casi la existencia. En la carta se habla de un “Libros de los destinos”, un diario que mantenía un tal Adichka en 1916 y 17, cuando la hacienda familiar en Rusia estaba a punto de caer víctima del pillaje y la destrucción.
Cuando, finalmente, el diario cae en sus manos y una vez enfrentada con una historia que le es absolutamente ajena, Marie lo rechaza. Pero sólo hasta que abre la primera de sus páginas. En ellas se encontrará con una familia con tres hijos y una hija; soñará con un hombre del que ella misma podría haberse enamorado, el mismo Adichka; conocerá a la esposa de este, pianista, bella y despreocupada; se sucederán hermanos y hermanas; reconstruirá a sus abuelos y se dará cuenta de la felicidad que suponía vivir en Rusia cuando se tenía amor y dinero. La Rusia blanca de la nostalgia, la elegancia y la belleza.


El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa candida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.
Y aunque la primera es ligeramente superior a la segunda, ambas nos dejan un inefable sabor a tiempo bien aprovechado. 

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