
Ciertos acontecimientos ocurridos esta última semana me han llevado a la triste conclusión de que vivimos en el mundo del 'yo', o sea, 'por' y 'para' nosotros mismos, importándonos bien poco la opinión de los demás y, lo que es peor, sin respetarla lo más mínimo. He comprobado también, muy a mi pesar, que da igual cómo argumentes tus opiniones o cómo las justifiques, siempre habrá alguien al que le parece mal tanto tu modo de proceder como de actuar. Por otro lado si, por pura casualidad, sientes que te han ofendido o acusado injustamente por algo, que en la mayoría de los casos no deja de ser una soberana tontería, no oses quejarte pues no tienes ningún derecho ya que la opinión y el sentimiento de los demás está por encima del tuyo y dado que 'su parecer' es el correcto y 'su criterio' el adecuado....no te queda otra que aguantarte. Y si todo esto parece deprimente, aún es peor la tendencia a prejuzgar sin conocer, algo que sin duda todos hemos hecho o padecido alguna vez. Con todo esto yo me pregunto ¿cómo pretendemos tener amistades y además que nos duren? Quizás la respuesta es muy fácil, podemos ignorarlos por completo, optar por mostrar absoluta indiferencia a todo lo que nos digan o utilizar la diplomacia y el buen talante permitiendo que ganen siempre sin que se den cuenta. Aunque todo depende del tipo de amistad que deseemos tener, pues el último caso suele tener fecha de caducidad y siempre puede llegar el día en el que las circunstancias despiertan la necesidad de soltar todo lo acumulado.
Si les apetece un ejemplo vean la película Vieja Amistad de Vincent Sherman. Espero que la disfruten y les guste tanto como a mí.
La inquilina de Wildfell Hall














